Vigilia Pascual. Monseñor Sergio invita a salir de los sepulcros de la violencia y desencuentro entre los bolivianos

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♦ Cristo ha Resucitado. “Es hora de que salgamos de los sepulcros de la violencia y desencuentro y que resucitemos a la fuerza del amor, el perdón y la reconciliación entre todos los bolivianos” dijo el Arzobispo de Santa Cruz desde la Catedral Metropolitana en la Vigilia Pascual de este sábado Santo.

También pidió más valentía y convicción a los creyentes de hoy “Es hora de que salgamos de los sepulcros del anonimato, de la desidia y la cobardía para anunciar con alegría, como las mujeres del Evangelio, la buena noticia de que el sepulcro está vacío y que la muerte ha sido vencida” (…) “Seamos “Testigos del Resucitado” con la misma valentía y convicción con la que vivían y actuaban los primeros cristianos. También nosotros hoy somos llamados a ser testigos de Jesús resucitado en nuestro mundo desorientado y sufrido, testigos de la vida nueva y de la paz, frutos de la Pascua”.

En esa misma línea subrayó que “El fruto de la Pascua es la Paz y sin embargo, el mundo se obstina en rechazarla y sigue poniendo su confianza en la violencia y las guerras.  Lo vemos claro en nuestro país, donde no logramos liberarnos de las viejas prácticas de las amenazas, los bloqueos y los enfrentamientos como solución de los problemas.  Es posible que de esta manera se logren los objetivos propuestos, sin embargo siempre dejan tras de sí enemistades, rencores, odios y a veces hasta sangre y muerte. Es hora de que salgamos de los sepulcros de la violencia y desencuentro y que resucitemos a la fuerza del amor, el perdón y la reconciliación entre todos los bolivianos para que juntos podamos trabajar en la construcción de una sociedad fraterna y pacífica, desde los valores y riquezas humanas de cada pueblo y cultura, de ayer y de hoy.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

SABADO 16 DE ABRIL DE 2017.

VIGILIA PASCUAL.

“Cristo ha Resucitado ¡Aleluya, alegría! ¡Vive el Señor de veras! …” con estas palabras acabamos de expresar nuestro júbilo y alegría esta noche, porque el sepulcro está vacío: “¿Por qué buscan entre los muertos, al que está vivo?” Jesús resucitado es la respuesta del Padre a los pregoneros de muerte que han gritado “crucifícalo” y a los poderosos de este mundo que, al matarlo, querían callarlo para siempre.

La Resurrección de Jesús es el punto trascendental y culminante de toda la historia de la salvación. La liturgia de la Palabra de esta noche nos ha hecho recorrer paso a paso esa larga caminata que inicia con la creación del mundo y del ser humano, seguida por la irrupción del pecado en la historia, en rechazo del plan de Dios, la alianza con el pueblo de Israel, la liberación de la esclavitud de Egipto, la palabra de los profetas que por siglos ha mantenido viva, en el pueblo de Israel, la alianza y la espera del Mesías.

Toda esa larga historia de salvación llega a su plenitud y coronación con Jesús que con la Resurrección estrecha la nueva y eterna alianza con toda la humanidad, y no solo con el pueblo de Israel. Él es la liberación definitiva del pecado y la muerte de todas clases de esclavitudes personales y sociales, y sobre todo es el principio de la esperanza de la vida eterna en Dios.

Nosotros, gracias al bautismo, hemos tenido el don de participar de la nueva alianza y del nuevo pueblo de Dios, en virtud de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado, aunque sus consecuencias todavía siguen presentes. Lo constatamos cada día ante tantos males y muertes a nuestro alrededor, y esto nos puede desconcertar y hacer caer en la desesperanza. Pero, no caigamos en esta tentación, más bien reafirmemos nuestra fe en Cristo Resucitado que de verdad ha puesto en nosotros y en toda la creación el germen de la vida eterna, germen que va creciendo en el tiempo hasta encontrar su plenitud en la venida del Señor al final de la historia.

Este es el horizonte seguro que apacigua nuestra sed de esperanza y de vida, y que nos hace exclamar con alegría: “¡Vive el Señor de veras!” y “es nuestra vida“. Jesús verdaderamente ha resucitado, no es un cuento o invención humana, sino el testimonio veraz de los apóstoles y de las mujeres a quienes se les apareció el Resucitado.

Y las mujeres, así como son las que, junto a María la madre de Jesús, han presenciado a la muerte de la cruz, de la misma manera la mañana del primer día de la semana, son las que van al sepulcro, con un rostro triste y desconsolado. Pero ahí se encuentran con la sorpresa, el sepulcro está vacío, y más aún con el anuncio de los ángeles: “¡Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” Ellas son las primeras en recibir el mensaje de la resurrección, a ellas en primer lugar se aparece Jesús resucitado, y ellas son las primeras “testigos del resucitado” dando el anuncio de la resurrección a los apóstoles y a los demás discípulos. Han ido al sepulcro angustiadas y regresan alegres por el encuentro conmovedor con Jesucristo vivo.

Desde ese momento este anuncio alegre y esperanzador se ha vuelto la tarea de todos los seguidores de Jesús y de la Iglesia, comenzando por las primeras comunidades cristianas que hicieron propio el testimonio vivo de los apóstoles, a quienes, en distintas oportunidades, se les había aparecido el Señor: “Ustedes conocen lo que aconteció en Judea… Jesús de Nazaret, consagrado por el Espíritu Santo en el bautismo, pasó haciendo el bien y sanando a todos, lo crucificaron, Dios lo ha resucitado y está vivoY nosotros somos testigos“(1ª L).

 “Testigos del Resucitado”, así se sentían y actuaban los primeros cristianos, con valentía y convicción. También nosotros hoy somos llamados a ser testigos de Jesús resucitado en nuestro mundo desorientado y sufrido, testigos de la vida nueva y de la paz, frutos de la Pascua. “La paz esté con ustedes” es el primer saludo del Resucitado a sus discípulos. Jesús nos puede dar la paz, porque ha sido consagrado “Señor de la paz” a través de su pasión, muerte.

El fruto de la Pascua es la Paz y sin embargo, el mundo se obstina en rechazarla y sigue poniendo su confianza en la violencia y las guerras.  Lo vemos claro en nuestro país, donde no logramos liberarnos de las viejas prácticas de las amenazas, los bloqueos y los enfrentamientos como solución de los problemas.  Es posible que de esta manera se logren los objetivos propuestos, sin embargo siempre dejan tras de sí enemistades, rencores, odios y a veces hasta sangre y muerte. Es hora de que salgamos de los sepulcros de la violencia y desencuentro y que resucitemos a la fuerza del amor, el perdón y la reconciliación entre todos los bolivianos para que juntos podamos trabajar en la construcción de una sociedad fraterna y pacífica, desde los valores y riquezas humanas de cada pueblo y cultura, de ayer y de hoy.

San Pablo nos insta a que nos apuremos a dar este paso: “Ya es hora de despertarnos del sueño … despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de la luz” (Rom. 13.11) Ya es hora que los cristianos salgamos del anonimato y la pasividad, para dejarnos inundar por la luz de la verdad, seamos testigos del Resucitado en todos los ámbitos de nuestra vida y operadores de paz en la familia, el trabajo y la sociedad, allí donde nos toca vivir.

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo”.  La Paz del Resucitado es un bien del cielo que hay que pedir a través de la oración, ante las graves amenazas que constantemente se ciernen sobre ella. Paz que es esperanza cierta de la presencia del Dios del amor en medio de nosotros, que es misericordia y perdón, que es fortaleza y consuelo para todos, en particular para las víctimas de la maldad y la injusticia.

Paz que es vida para todos, goce de los bienes materiales y espirituales, compartidos entre todos en equidad, fraternidad y solidaridad, con un cariño especial y atención privilegiada a los pobres, abandonados y marginados. La paz, que pide nuestra colaboración y esfuerzo para construir nuevas relaciones entre personas y pueblos, basadas sobre los valores y virtudes firmes del amor, la justicia, la libertad y la verdad, que se concretan en el respeto de la dignidad humana, la administración transparente de la justicia, la honradez, la integridad y la búsqueda del bien común.

Es hora de que salgamos de los sepulcros del anonimato, de  la desidia y la cobardía para anunciar con alegría, como las mujeres del Evangelio, la buena noticia de que el sepulcro está vacío y que la muerte ha sido vencida, porque: “Cristo ha Resucitado¡Vive el Señor de veras!” y es nuestra Paz. Aleluya, aleluya.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.