Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz /19/03/2017

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En este 3º Domingo de Cuaresma la liturgia de la Palabra nos hace hacer un alto en nuestra peregrinación hacia la Pascua para tomar, como los Israelitas, el agua brotada de la roca en el desierto y beber, como la samaritana, el agua de vida de Jesús al pozo de Jacob.

En la primera parada, escuchamos el grito de protesta en contra de Moisés de parte del pueblo de Israel atormentado por la sed en el desierto, camino a la tierra prometida: “¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed en el desierto?”. En esa situación angustiosa, el pueblo extraña la seguridad de la esclavitud en Egipto y hasta llega a cuestionar la presencia misma de Dios que lo libera de la opresión: “¿El Señor está realmente entre nosotros, o no está?”. En su desesperación no pueden reconocer que Dios no los ha abandonado y que, más bien, él apunta a que ese grupo de fugitivos vayan asumiendo su responsabilidad, se liberen de la sumisión y dependencia y aprendan a caminar por sí mismos organizándose como pueblo libre. A pesar de la protesta, la mano amorosa de Dios a través de Moisés hace brotar agua de la roca, aunque más tarde corregirá a su pueblo por esa falta de fe.

En el evangelio resuena otro pedido: Jesús solo, sediento y cansado por el camino se sienta junto al pozo de Jacob, pero no tiene como sacar agua. Allí llega una mujer samaritana y él le dice: “Dame de beber”. Jesús, que es el agua viva para la humanidad, se hace el que necesita agua del pozo, pero en realidad, quien está sedienta de Dios es esa mujer esclava de una vida desordenada. Por eso Él, le dirige la palabra contraviniendo a la norma que impedía a un judío hablar en público a una mujer, peor aún con una samaritana y pecadora. La mujer, sin embargo se extraña: “¡Cómo! ¿Tu, que eres judíos, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”

Esta sencilla iniciativa de Jesús de pedir agua a la samaritana, va mucho más allá de lo circunstancial, su gesto adquiere un valor profético inestimable, porque pone fin no solo a la tradicional división entre judíos y samaritanos, a la marginación de la mujer en la sociedad y a la exclusión de los pecadores, sino que rompe el círculo perverso de toda clase de exclusiones y descartes.

Siguiendo con el diálogo, Jesús se presenta abiertamente como aquel que tiene agua viva, más aún como “el agua viva”, el gran don de Dios. “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que pide… tu misma me lo pedirías, y el mismo te habría dado agua viva”. La mujer, que no entiende que Jesús habla de sí mismo, le objeta: “¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo?”. Su réplica ofrece a Jesús la ocasión para seguir profundizando el mensaje: ”El que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed”, porque Él es el agua que no se agota y que aplaca la sed existencial de amor, de felicidad y de eternidad. La samaritana tampoco comprende esta respuesta, sigue en otra frecuencia, su espíritu está entorpecido por su vida desordenada y su mente preocupada por llenar el cántaro.

Jesús entonces la encara directamente acerca de su problema real, su vida desordenada y de pecado: ”Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu marido”. La mujer al verse descubierta por fin pone su atención en la persona de Jesús: “Señor, veo que eres un profeta”. Al reconocer a Jesús como un “profeta” que conoce el íntimo de su persona, su vida y su historia pasada y presente, ella comienza a reconocer e su interior que algo en su vida no es conforme a la voluntad de Dios.

Sin embargo, todavía le cuesta admitirlo y, para desviar la atención sobre sí, cambia argumento, y plantea a Jesús un tema religioso muy discutido entre judíos y samaritanos acerca del lugar donde adorar a Dios, si en templo de Jerusalén o en una montaña de Samaría. Jesús le aclara que Dios no está atado a ningún lugar y que más bien hay que adorarlo en espíritu y verdad. La mujer entonces le dice: “Yo sé que ha de venir el Mesías, el Cristo. Él nos explicará todo”.
Jesús considera que la samaritana ahora está abierta a recibir la Buena Noticia, y le revela su verdadera identidad: “SOY YO, el que habla contigo”. Él es el Mesías esperado por tantos siglos que da a conocer el rostro auténtico de Dios, que instaura la nueva alianza y el nuevo culto, donde la verdadera adoración está en el cumplimiento de su voluntad y en una existencia de fe.

La samaritana, ante esta revelación, deja allí su cántaro, signo de su vida pasada, y corre a la ciudad para comunicar a todo el mundo su singular experiencia: “¿No será el Mesías?”. El encuentro personal con Jesús, es lo único que nos hace vencer el miedo al planteamiento personal y que nos lleva a dejar el cántaro del pasado y cambiar vida, nos introduce en el plan de salvación y nos mueve a compartir la alegría de nuestro descubrimiento de la Buena Noticia.

Jesús en todo el encuentro con la mujer tiene un trato respetuoso hacia ella, no la rechaza ni increpa, pero si la pone ante su situación de pecado. La distinción entre el error y quien yerra, entre el pecado y el pecador, tanto personal como social se ha vuelto la práctica de la Iglesia. Esto no es discriminación ni muchos menos, es cumplir con la verdad, es iluminar y alertar para que no acudamos a las aguas estancadas y ponzoñosas del pecado que causan la muerte y, más bien, nos acerquemos a Jesús, el agua de vida.

Confiando en el testimonio de la mujer, sus compatriotas acuden a escuchar a Jesús y “muchos más creyeron en él, a causa de su palabra”. Para ellos y la samaritana, es el final de un camino de fe, al encontrar a Jesús lo reconocen como el Salvador, pero también reconocen su situación de pecadores, necesitados del agua de la vida, el amor y la verdad: “Ya no creemos por lo que tú has dicho, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es el verdadero Salvador del mundo”. Ahora cambia su vida, saben detrás de quien tienen que ir y en quién pueden confiar: en Jesús que, sin pedir nada a cambio, se dona a sí mismo como agua perenne de vida.
También nosotros en esta cuaresma estamos invitados a recorrer el camino de la samaritana y del pueblo de Israel en el desierto, a tomar el agua viva de Jesús que extingue la sed de autenticidad y verdad, la sed de transparencia y claridad, la sed de justicia y equidad, la sed de fortaleza y de fe en una sociedad cada día más confrontada, dividida y disgregada, donde se respira un clima de amedrentamiento e inseguridad y donde la justicia se ha vuelto instrumento de persecución. En este clima de incertidumbre y desconcierto pueden surgir dudas y temores al igual que los israelitas en el desierto: “¿El Señor está realmente entre nosotros, o no está?”

El encuentro de Jesús con la samaritana nos anima a no tener miedo, a beber el agua viva que también nos transforma en agua de vida para los demás, a renovar decididamente nuestra fe en Dios que sí está presente en nuestra historia, presencia que nos abre a la esperanza firme de que nuestro camino, aún en medio de tantos problemas y obstáculos, nos lleva a la luz de la Pascua, la fiesta de la victoria definitiva de la vida y el amor, sobre la muerte y el mal.

Lo reafirma San Pablo en la carta a los cristianos de Roma: “por Jesucristo… hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia… la esperanza de la gloria de Dios. Y la esperanza no quedará defraudada”. Pongamos nuestra esperanza en Dios en todas las circunstancias de la vida, favorables y adversas, Él no nos defraudará. No confiemos en los que ofrecen esperanzas baratas, en los que se endiosan a sí mismos, en los que encandilan y engañan, en las ideologías totalitarias, en la riqueza y el poder, y en la seducción de la diversión y el consumismo, porque quedaremos seguramente defraudados.

Acojamos con total confianza la invitación del Señor, como nos dice el salmo: “Ojalá hoy escuchen la voz del Señor. No endurezcan su corazón” y con la esperanza de ser escuchados pidámosle: “Dame agua viva para que no tenga más sed”. Amén

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